La «otra corte» de los Habsburgo: la historia de las mujeres en Madrid a través de Las Descalzas y La Encarnación

Monasterio de La Encarnación

La historia del Madrid de los Habsburgo suele contarse a través de reyes, palacios reales, consejos y ceremonias públicas, pero dos conventos situados cerca del corazón de la antigua corte conservan una visión diferente de cómo funcionaba el poder. El Monasterio de las Descalzas Reales y el Real Monasterio de la Encarnación eran casas religiosas, pero también estaban estrechamente vinculados a mujeres de la realeza que utilizaban el mecenazgo, las redes familiares, la correspondencia y la vida ceremonial para mantener su influencia dentro de la monarquía española. Desde Juana de Austria en el siglo XVI hasta posteriores princesas Habsburgo y monjas profesas, estas mujeres crearon espacios donde la devoción y la política dinástica coexistían. Considerados en conjunto, ambos monasterios permiten interpretar Madrid no solo como sede de soberanos varones, sino también como una ciudad moldeada por reinas, princesas, viudas y religiosas cuyas decisiones influyeron en la cultura cortesana, el arte y la memoria de la dinastía.

Las Descalzas Reales: Juana de Austria crea un centro real femenino

Las Descalzas Reales nacieron por iniciativa de Juana de Austria, hija del emperador Carlos V y hermana de Felipe II. Nacida en Madrid en 1535, contrajo matrimonio con Juan Manuel, heredero del trono portugués, pero quedó viuda en 1554, poco antes del nacimiento de su hijo Sebastián, futuro rey de Portugal. Juana regresó a España y ejerció como regente de Castilla entre 1554 y 1559 mientras Felipe II se encontraba en el extranjero. Su experiencia política es importante porque el convento que creó no fue el proyecto de una mujer alejada del gobierno. En 1557 fundó una comunidad de clarisas franciscanas en el antiguo palacio donde había nacido. Las obras de adaptación del edificio concluyeron en 1559, año en el que se instaló allí la comunidad religiosa. La fundación surgió, por tanto, directamente de la trayectoria de una mujer que ya conocía la administración cortesana, la diplomacia y las responsabilidades dinásticas.

La elección del antiguo palacio otorgó a Las Descalzas un carácter inusual desde el principio. Juana no se limitó a financiar una institución religiosa para luego desligarse de ella. Instaló sus propios aposentos dentro del conjunto, y su lugar de enterramiento se dispuso en la capilla situada en la zona asociada con su nacimiento. El edificio conservó así dos identidades al mismo tiempo: era un convento de clausura regido por normas religiosas, pero también incluía un ámbito residencial de carácter real. Esta configuración permitió que mujeres de la dinastía pasaran allí largos periodos sin perder completamente el contacto con la sociedad cortesana. Princesas e infantas se alojaban en el Cuarto Real, mientras las integrantes de la comunidad vivían bajo clausura. La proximidad física entre ambos mundos ayuda a explicar por qué Las Descalzas se convirtieron en mucho más que un retiro privado para mujeres aristocráticas.

Su importancia también procedía de la posición social de las mujeres vinculadas al convento. Una princesa Habsburgo que ingresaba en una comunidad religiosa no dejaba de ser hija, tía, hermana o prima de gobernantes repartidos por Europa. Su identidad familiar seguía condicionando con quién mantenía correspondencia, qué regalos recibía y qué causas podía apoyar. Las Descalzas se convirtieron así en un lugar donde la vida religiosa femenina continuaba conectada con la extensa familia de los Habsburgo. El convento ofrecía un entorno aceptado para mujeres cuyas funciones no encajaban de forma sencilla en el matrimonio o en el papel de reina, incluidas viudas y princesas que profesaban como monjas. Al mismo tiempo, el prestigio de la casa atraía a funcionarios cortesanos, diplomáticos y mecenas. Esta combinación de clausura y acceso proporcionó a las mujeres de la realeza una forma de influencia distinta del cargo oficial, pero igualmente presente en la vida política y cultural de Madrid.

Cómo Las Descalzas se convirtieron en la «otra corte» de los Habsburgo

La expresión «otra corte» resulta útil porque Las Descalzas funcionaban como un entorno real paralelo y no como una casa religiosa aislada. Patrimonio Nacional ha utilizado esta idea para describir la red creada allí por mujeres de la Casa de Austria durante los siglos XVI y XVII. La emperatriz María de Austria, hija de Carlos V y viuda del emperador Maximiliano II, vivió en los aposentos reales después de regresar a Madrid. Su hija Margarita ingresó en el convento como sor Margarita de la Cruz. Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II, fue educada en este entorno antes de convertirse en soberana de los Países Bajos españoles junto con su esposo, el archiduque Alberto. Estas mujeres conectaban Madrid con Viena, Bruselas y otros centros de los Habsburgo mediante vínculos familiares, intereses religiosos y la circulación de objetos, noticias y peticiones.

El mecenazgo artístico hacía visibles estas conexiones. Isabel Clara Eugenia entregó posteriormente a Las Descalzas la célebre serie de tapices de la Eucaristía basada en diseños de Peter Paul Rubens. El regalo no era simplemente decoración para un convento acomodado. Los grandes tapices eran objetos costosos asociados con la ceremonia, el estatus y la representación dinástica, y su llegada vinculó una casa religiosa madrileña con la producción artística de los Países Bajos de los Habsburgo. Retratos, esculturas, objetos preciosos y tejidos se acumularon de manera similar, a menudo mediante donaciones de mujeres que querían preservar la memoria familiar o respaldar una devoción religiosa. Las colecciones documentan así relaciones personales tanto como gustos artísticos. Un retrato podía afirmar un vínculo de parentesco, una reliquia podía expresar una identidad confesional y un encargo textil podía demostrar una relación continua con Madrid desde cientos de kilómetros de distancia.

Sor Ana Dorotea de Austria demuestra aún con mayor claridad que la clausura no implicaba silencio político. Después de ingresar en Las Descalzas, mantuvo estrechas relaciones con familiares y figuras de la corte y se carteó con embajadores, ministros, eclesiásticos y Felipe IV. Con el tiempo asumió responsabilidades anteriormente asociadas con su tía, sor Margarita de la Cruz, y se convirtió en una importante mecenas dentro de la casa. Su ejemplo modifica la imagen habitual de la monja de sangre real como alguien completamente apartada de los asuntos públicos. El convento limitaba los desplazamientos, pero las cartas, las visitas, los vínculos familiares y el mecenazgo permitían que la información atravesara sus muros. Las mujeres podían recomendar personas, solicitar favores, apoyar proyectos artísticos o devocionales y mantener relaciones con quienes tomaban decisiones. Su autoridad era informal, desigual y dependía del rango, pero era suficientemente real como para convertir el monasterio en parte de la geografía social activa de la corte de los Habsburgo.

La Encarnación: la reina Margarita adapta el modelo cerca del Alcázar

Medio siglo después de la fundación de Juana, la reina Margarita de Austria-Estiria creó otro convento real femenino cerca del centro del poder. Casada con Felipe III en 1599, Margarita pertenecía a la rama estiria de los Habsburgo y llevó a la corte española sus propios intereses religiosos. En 1611 promovió la fundación de La Encarnación, tomando Las Descalzas como un precedente relevante. La ubicación fue deliberada: el nuevo convento de agustinas recoletas se situó cerca del Real Alcázar, principal residencia de la monarquía antes de la construcción del actual Palacio Real. El conjunto fue concebido para que el palacio y el convento pudieran comunicarse mediante un pasadizo, lo que permitía a la familia real asistir a ceremonias religiosas sin realizar un desplazamiento público por las calles. La arquitectura expresaba así una relación institucional estrecha entre la corte y el convento.

La iniciativa de Margarita también muestra cómo las mujeres de la realeza podían moldear Madrid mediante el mecenazgo religioso. Fundar un convento implicaba mucho más que financiar una iglesia. Era necesario seleccionar una orden religiosa, garantizar ingresos, establecer privilegios, escoger un emplazamiento y definir una relación duradera entre la Corona y la comunidad. La Encarnación se convirtió en una fundación de patronato real con obligaciones para ambas partes: la monarquía respaldaba la casa, mientras la comunidad desempeñaba funciones religiosas relacionadas con sus fundadores y sucesores. La reina murió en octubre de 1611 y no llegó a ver terminado el convento, que fue inaugurado oficialmente en 1616. Aun así, la fundación continuó identificándose con su voluntad. Su proyecto sobrevivió a su muerte porque había quedado integrado en las estructuras jurídicas, financieras y ceremoniales de la monarquía.

El pasadizo hacia el Alcázar resulta especialmente revelador porque convertía la proximidad en algo tangible. Las mujeres de la realeza no necesitaban ocupar un asiento formal en un consejo para que sus fundaciones religiosas tuvieran importancia en la corte. Un convento situado junto al palacio podía acoger ceremonias, recibir donaciones, preservar la memoria dinástica y mantener relaciones personales con la casa real. La Encarnación también se convirtió en escenario de importantes actos cortesanos, incluidos funerales reales durante los siglos XVII y XVIII. Su ubicación junto al Alcázar contribuyó a integrar la vida religiosa femenina dentro del mapa ceremonial de Madrid, en lugar de situarla fuera de él. El posterior incendio que destruyó el antiguo palacio en 1734 y las transformaciones del siglo XIX en torno a la Plaza de Oriente modificaron esa relación física, pero el planteamiento original sigue explicando por qué el monasterio estuvo tan estrechamente ligado al paisaje político del Madrid de los Habsburgo.

Mariana de San José y la autoridad de las mujeres religiosas

La reina Margarita no fue la única mujer responsable de La Encarnación. La primera priora, Mariana de San José, fue trasladada desde la comunidad de agustinas descalzas de Palencia para hacerse cargo de la nueva fundación. Antes de que el edificio definitivo estuviera preparado, la comunidad se alojó temporalmente en Santa Isabel, y Mariana dirigió el convento durante esta primera etapa. Su papel es importante porque impide reducir la historia a un relato sencillo en el que una reina daba órdenes a monjas pasivas. El patronato real proporcionaba recursos y prestigio, pero el funcionamiento de una casa religiosa dependía de mujeres capaces de organizar la vida cotidiana, mantener la disciplina, gestionar las relaciones con los benefactores e interpretar los objetivos espirituales de la fundación. Mariana representaba una forma de autoridad institucional femenina basada en el cargo religioso y no en el nacimiento dinástico.

Los documentos conservados de Mariana también permiten a los historiadores actuales comprobar que el liderazgo religioso femenino implicaba escritura, administración y redes de comunicación. Patrimonio Nacional conserva materiales relacionados con ella, entre ellos correspondencia, instrucciones y un texto autobiográfico incompleto. Estos documentos son relevantes porque la historia conventual se reconstruye con frecuencia a partir de escritos producidos por funcionarios varones, confesores o administradores reales. Los textos escritos por una mujer ofrecen una perspectiva distinta sobre las prioridades y las tensiones internas de una comunidad religiosa. Demuestran que la autoridad femenina podía ejercerse mediante cartas, normas, orientación espiritual y una gestión cuidadosa de las relaciones entre conventos. En este sentido, La Encarnación añade otra dimensión a la historia de las mujeres en Madrid al incorporar a una dirigente religiosa con experiencia institucional dentro del mismo relato que incluye a reinas y princesas.

La colaboración entre una reina y una priora también muestra cómo diferentes formas de poder femenino podían superponerse sin ser idénticas. Margarita disponía de rango, riqueza y acceso a la Corona; Mariana poseía una autoridad reconocida dentro de su orden y experiencia en la reforma religiosa. Una podía fundar y dotar económicamente una casa real, mientras la otra podía dar forma a la comunidad que otorgaba sentido cotidiano al edificio. Sus posiciones estaban condicionadas por la monarquía, el derecho eclesiástico y la jerarquía social, pero ninguna de ellas puede reducirse a una función decorativa. La Encarnación nació de la cooperación entre el patronato cortesano y el gobierno religioso femenino. Observar a ambas mujeres de manera conjunta convierte al monasterio en una fuente histórica aún más valiosa, porque permite ver cómo la influencia en el Madrid de la Edad Moderna podía ejercerse mediante instituciones, relaciones y fundaciones duraderas, y no solo a través de cargos públicos.

Monasterio de La Encarnación

Arte, memoria y redes dinásticas entre ambos monasterios

Las Descalzas y La Encarnación reunieron importantes colecciones porque los conventos reales también eran espacios de memoria. Los objetos llegaban mediante dotes, regalos de la familia real, herencias, contactos diplomáticos y encargos devocionales. En Las Descalzas, pinturas, tapices, esculturas y objetos preciosos quedaron asociados con varias generaciones de mujeres Habsburgo. En La Encarnación, las colecciones incluyen importantes obras pictóricas y escultóricas de los siglos XVII y XVIII, además de un amplio relicario. Estas piezas no deben interpretarse únicamente como objetos de museo separados de su contexto original. En un convento, una imagen podía utilizarse durante el culto, un retrato podía recordar a un familiar fallecido y una reliquia podía conectar a la comunidad con redes católicas más amplias. El significado de las colecciones procedía tanto de su uso, la memoria y las relaciones personales como de su calidad artística.

Esto resulta especialmente relevante para comprender el mecenazgo femenino. Las mujeres de la realeza de la Edad Moderna solían disponer de menos cargos políticos formales que los hombres de rango comparable, pero podían encargar obras, dirigir donaciones y decidir cómo debía recordarse a los miembros de la familia. Las fundaciones religiosas otorgaban permanencia a estas decisiones. Una reina o una princesa podía asociar su nombre con una capilla, un altar, un conjunto de reliquias o una serie de tapices que seguían utilizándose después de su muerte. Estos actos eran religiosos, pero también funcionaban como declaraciones de identidad familiar y prestigio. Permitían situar a las mujeres dentro de la historia visual de la monarquía. El hecho de que tantas obras relacionadas con las mujeres Habsburgo hayan sobrevivido en estos monasterios significa que los edificios conservan pruebas de las decisiones de mecenas cuya influencia puede resultar menos visible en la documentación política oficial.

Los dos conventos también demuestran que la corte de Madrid tenía una dimensión internacional. Los matrimonios de los Habsburgo conectaban la monarquía española con Portugal, el Sacro Imperio Romano Germánico, los territorios austríacos, Francia y los Países Bajos. Las mujeres se desplazaban con frecuencia entre estos territorios como esposas, viudas o figuras religiosas, y los objetos viajaban con ellas o seguían las mismas rutas familiares. La conexión de Isabel Clara Eugenia entre Bruselas y Las Descalzas constituye un ejemplo especialmente claro, pero el patrón general es igual de importante. Un convento madrileño podía conservar regalos realizados en otras partes de Europa y mantener prácticas devocionales compartidas por distintos miembros de la dinastía. Las casas religiosas femeninas de la ciudad formaban así parte de una red que se extendía mucho más allá de España. Sus muros encerraban comunidades, pero sus colecciones y relaciones familiares revelan movimientos constantes dentro de una monarquía internacional.

Interpretar la historia de las mujeres de Madrid a través de los monasterios en 2026

Para un visitante o lector en 2026, el valor de Las Descalzas y La Encarnación reside en esta combinación de espacios conservados, objetos y vidas documentadas. Ambos conjuntos están gestionados por Patrimonio Nacional, y sus colecciones permiten aproximarse a la historia de la corte de los Habsburgo a través de mujeres que fácilmente quedan relegadas a un segundo plano en los relatos centrados en los reyes. Las Descalzas siguen transmitiendo la singular unión entre convento y residencia real creada por Juana de Austria, mientras La Encarnación conserva la memoria de la fundación de la reina Margarita junto al antiguo Alcázar. El acceso mediante visita también permite comprender estos lugares como interiores históricos y no únicamente como fachadas del centro de Madrid. Sus espacios ayudan a interpretar con mayor claridad las relaciones entre ceremonial cortesano, práctica religiosa y mecenazgo.

Estos monasterios también favorecen una forma más precisa de reincorporar a las mujeres a la historia política. Sería incorrecto afirmar que las monjas de sangre real o las reinas ejercían la misma autoridad que el rey, o que un convento funcionaba como un gobierno secreto detrás de los muros del palacio. Su influencia dependía en gran medida del nacimiento, del acceso familiar, de la reputación y de la disposición de otras personas a atender sus peticiones. Sin embargo, también sería incorrecto considerarlas políticamente ausentes simplemente porque carecían de cargos formales. La correspondencia, las recomendaciones, el mecenazgo, las fundaciones religiosas, los papeles ceremoniales y los vínculos dinásticos eran formas reconocidas de ejercer influencia en la sociedad cortesana de la Edad Moderna. Los monasterios conservan pruebas de estas prácticas y muestran cómo la capacidad de actuación femenina funcionaba dentro, y no fuera, de las estructuras de la monarquía de los Habsburgo y de la religión católica.

Considerados en conjunto, Las Descalzas Reales y La Encarnación modifican el mapa del Madrid de los Habsburgo. El Real Alcázar, las iglesias, las plazas y los edificios administrativos siguen siendo fundamentales para comprender la historia de la ciudad, pero estos dos monasterios muestran que la vida cortesana también se desarrollaba a través de espacios creados y habitados por mujeres. Juana de Austria utilizó un antiguo palacio para establecer una comunidad que se convirtió en un centro dinástico. La emperatriz María, sor Margarita de la Cruz, Isabel Clara Eugenia y sor Ana Dorotea mantuvieron redes internacionales de parentesco y mecenazgo en torno a Las Descalzas. La reina Margarita y Mariana de San José dieron a La Encarnación sus fundamentos reales y religiosos. Sus historias convierten la «otra corte» en algo más que una expresión memorable: describen una parte de Madrid donde la vida espiritual, la estrategia familiar, el mecenazgo artístico y la autoridad femenina coincidieron en instituciones duraderas.